Buscador de paz
Por: Mauricio Cárdenas P.


Foto: opaudiovisual.wordpress.com
Sólo un guerrero pacificador como él poseía una gramática cuyos elementos al contacto con el ambiente se convertían en grito de auxilio para proteger a su “edificio Colombia” asaltado y herido. Era la voz que aquellas balas que huyen de autorías intelectuales intentaron silenciar al asesinarlo… fallaron porque esta no dejó y nunca dejara de retumbar, como un taladro percutor, en la mente de los colombianos. De el, de ella, de todos.

Sus palabras, verdades y criticas carecían de precio cuantitativo, el valor de estas lo proporcionaba el impacto social, el cual producía un golpe seco que arremetía contra el pecho de sus compatriotas y amigos, que eran todos: el de aquí, el da allá, el azul, el rojo, el de la diestra y el opuesto.

Fue comunicador, comunista, crítico, político, humorista, fue eso y más. Polifacético en funciones pero con un solo ideal: su Colombia querida – como solía llamarla -. Era limpio, humano, moral, sencillo, sensible, era todo, era uno, era un país entero que buscando el elemento perdido para alcanzar la paz, encontró a su absurda compañera inseparable: la muerte. “Hay que dar la vida por una causa”. Lo dijo y lo hizo.

Su sangre espesa, caliente y roja; muy roja, que se convirtió en caudal un 13 de agosto, fue derramada para camuflar las partículas que más odió de la sucia “Zoociedad”, el río que aquella sangre formó no ha dejado de crecer y de salpicar a unos y a otros. Cada gota que se esparce en el aire es la alarma para ir tras una verdad en favor de la dignidad de un pueblo.

Nunca se le vio de rodillas, no permitió que sus pensamientos e ideas fueran llevadas como se llevan las bestias al corral: de cabresto y sin discusión. Fue autónomo e independiente. Tuvo lo que le falta a muchos: amor y respeto por su bandera, conciencia, pensamiento libre y güevas; por eso gritaba, peleaba, criticaba, hablaba de frente, no le temía a nada, a nadie. Jaime Garzón no le corrió ni a la muerte aun sabiendo que lo espiaba. La espero con la sonrisa del día. Se cambiaba los calzoncillos a diario por ella. No quería morir cagado. Quería estar limpio para recibirla y preparado para su adiós singular: de fiesta y de carnaval.

1 comentario:

El peregrino dijo...

Maravilloso panegírico.
¡Cómo lo extrañamos!
Lo veía de niño. A mi abuelo le molestaba (no entendía que se vistiera de mujer). En mi adolescencia, los detalles de su crítica mordaz se me escapaban. Hoy que los vuelvo a ver, los encuentro tan acertados y jugosos.
Paz en su tumba (aunque no creo. Le debe estar picando la lengua...)